El ecosexo es un movimiento pro ambientalista nació hace ocho años por iniciativa de las artistas plásticas norteamericanas Annie Sprinkle y Elizabeth Stephens, y básicamente promueve el amor por la tierra y el cuidado de los recursos difundiendo las relaciones sexuales en comunión con la naturaleza. Es mucho más que “el amor libre” y andar desnudos.

En su manifiesto, los ecosexuales se declaran “acuófilos, terrófilos, pirófilos y aerófilos”. Sin pudor abrazan árboles, masajean la tierra con sus pies y hablan eróticamente con las plantas. Son naturistas, adoradores del sol, y observadores de estrellas. Acarician rocas, gozan con cascadas, y a menudo admiran las curvas de la tierra.

Este club ha cosechado miles de adeptos en todo el mundo, e incluso logró el apoyo de grandes organizaciones internacionales como Greenpeace, que incluyó en sus campañas un decálogo para la práctica del sexo sostenible.

A la hora de ducharse, los ecosexuales nunca llena la bañera si no es con agua de lluvia. En cualquier caso se duchan en pareja para ahorrar agua, y al momento del intercambio erótico cierra bien la llave del agua. Si les hace falta energía extra para el sexo, consumen afrodisíacos naturales como el ginseng, la maca o ginkgo biloba.

El ecosexual usa lubricantes a base de agua, biodegradables y nunca derivados del petróleo como aceites o vaselinas, y complementa el ejercicio con juguetes naturales y productos de caucho entre otras estrategias pro planeta.

Los casos más extremos de ecosexuales radica en la Dendrofilia, un patrón de comportamiento propio de quienes prefieren tener sexo con plantas, árboles y frutas, algo que llevado al extremo en grupos fanáticos puede alentar conductas extremas, insólitas o denigrantes.